Donde lo simple se vuelve magia

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Carla Niada Stanton-Yonge

La primavera tiene un poder espe-cial, sobre todo cuando hay niños cerca: nos invita a mirar de nuevo. No solo a salir al aire libre, sino a cambiar la forma en que vemos lo cotidiano. De pronto, lo que para un adulto puede pasar desapercibido —una flor que se abre, una hormiga que cruza el camino, el sonido de un pájaro— se convierte en algo fascinante.

Los niños tienen ese don natural de asombro. Se detienen, observan, preguntan, se maravillan. Y, en ese ritmo más pausado, nos enseñan algo importante: que no hace falta buscar experiencias extraordinarias para disfrutar, porque lo extraordinario muchas veces está en lo simple.

La primavera es el escenario perfecto para acompañarlos en ese descubrimiento. Un paseo cualquiera puede transformarse en una aventura si decidimos mirar como ellos.

¿Cuántos colores vemos en un jardín? ¿Qué sonidos aparecen si nos quedamos en silencio unos segundos? ¿Qué cosas cambian de un día para otro? No se trata de tener respuestas, sino de compartir la curiosidad.

Más que proponer actividades, esta estación invita a estar presentes. Sentarse en el pasto, observar sin apuro, dejar que los niños marquen el ritmo. Tal vez se detengan cinco minutos mirando una mariposa o sigan con atención el recorrido de una nube. Y, aunque desde la lógica adulta parezca “no hacer nada”, en realidad está pasando algo valioso: están descubriendo el mundo.

Para los adultos, acompañar estos momentos es también una opor-tunidad: volver a sorprendernos, dejar de lado la prisa y reconectar con una mirada más simple y auténtica. Porque, cuando vemos a través de los ojos de un niño, recordamos que la belleza no siempre está en lo grande, sino en lo pequeño.

Quizás esta primavera sea una buena ocasión para regalarnos ese cambio de mirada: salir sin apuro, respirar hondo y permitirnos, aunque sea por un rato, dejar de entenderlo todo para simplemente sentirlo. Mirar una flor como si fuera la primera vez, escuchar el viento sin distracciones.

Porque, en ese gesto sencillo —el de volver a asombrarnos—, no solo acompañamos a los niños, sino que también nos reencontramos con una parte nuestra que creíamos olvidada. Y ahí, en ese encuentro, la naturaleza deja de ser un simple paisaje para convertirse en toda una experiencia.

Este artículo apareció en la edición de mayo/junio de Pittsburgh Latino Magazine. ¡Haz clic aquí para verlo y compartirlo! Envíanos tus comentarios a hola @pitlatinomag.com.

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