Resurrección: Cuando la vida vence a la muerte

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Carolina Mojica

El Domingo de Resurrección ocupa un lugar central en la fe cristiana. No es solo una fecha ni una tradición: es la afirmación de que la vida tiene la última palabra.

Hablar de la Resurrección no implica caer en discursos religiosos rígidos. Implica reconocer una verdad profundamente humana y espiritual: que incluso después del dolor, la pérdida y la oscuridad, la vida puede volver a levantarse.

La Resurrección de Jesús no niega el sufrimiento. Lo atraviesa. No borra la cruz. La transforma. Nos recuerda que el amor no fue vencido por la muerte y que la esperanza no quedó sepultada.

En un mundo marcado por el cansancio emocional, la migración forzada, las rupturas y los duelos silenciosos, este mensaje cobra una fuerza especial. La Resurrección nos habla de procesos lentos, de esperas dolorosas, de silencios que parecen finales… pero no lo son.

Creer en la Resurrección —aun desde una vivencia personal y no doctrinal — es confiar en que Dios sigue obrando incluso cuando no lo vemos. Es aceptar que hay vida germinando bajo la tierra antes de que aparezca el brote.

En la maternidad, en los proyectos que no salen como imaginamos, en los cambios que nos obligan a reinventarnos, la Resurrección se manifiesta cuando elegimos no quedarnos en la tumba de lo que fue.

Resucitar no siempre significa empezar de nuevo. A veces significa seguir adelante con fe renovada, con el corazón más humilde y con una esperanza más profunda. El Domingo de Resurrección no es solo memoria del pasado.

Es una invitación presente: confiar en que la vida, en Dios, siempre encuentra la forma de vencer.

Cultura
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