Una contribución especial por: Jesabel Rivera-Guerra
Hace unos años, allá por el 2021, mi respuesta habría sido que el amor era simplemente un sentimiento. Sin embargo, un día, sumida en la fatiga del Covid-19, el confinamiento y la necesidad de mostrar compasión hacia los demás, dejé de experimentar lo que creía que era amor. No sentía amor por mi prójimo, por mis seres queridos, ni siquiera por mí misma. El sentimiento se desvaneció. Ni las canciones románticas que tanto disfrutaba, ni las películas, ni siquiera ayudar a otros, lo cual solía llenarme de alegría, lograban reavivar ese sentimiento.
En un momento crucial, la notificación de mi celular me recordó un versículo bíblico en 1 Corintios 13:1: «Si no tengo amor, de nada me sirve hablar todos los idiomas del mundo, y hasta el idioma de los ángeles. Si no tengo amor, soy como un pedazo de metal ruidoso; ¡soy como una campana desafinada!» Y así me sentía, como una campana desafinada.
Este capítulo, conocido por muchos en celebraciones de bodas, describe el amor como sufrido, benigno, sin envidia, sin jactancia, no se envanece, no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; se goza de la verdad y sufre, cree, espera y soporta todo.

En mi escepticismo, llegué a preguntarme: «¿Quién puede tener tanta paciencia para amar de esa manera?» Sin embargo, poco después, me sumí en una profunda depresión, una experiencia que ni siquiera el paisaje más hermoso podía curar. Fue entonces cuando comprendí verdaderamente qué es el amor.
Mi esposo estuvo a mi lado, sufriendo conmigo, soportándolo todo, creyendo en mí y esperando por mí. Criado en una familia con sólidos valores cristianos, él oraba por mí, compartía versículos bíblicos y hacía todo lo posible para sacarme de ese oscuro estado.
Una nueva notificación en mi celular captó mi atención. Esta vez, era 1 Corintios 13:13: «Hay tres cosas que son permanentes: la confianza en Dios, la seguridad de que él cumplirá sus promesas, y el amor. De estas tres cosas, la más importante es el amor.» En ese instante, sentí una respuesta en mi corazón: «El amor es una decisión». Estas palabras electrificaron mi corazón y lo resucitaron.

Así comenzó mi proceso de curación. Primeramente, tuve que desaprender mi concepción limitada del amor, esa romantizada idea vista en películas y escuchada en canciones. Luego, descubrí que ya era amada. A veces, tenemos el amor frente a nosotros, pero no lo reconocemos hasta que entendemos el amor de Dios, que nos diseñó y conoce desde el vientre de nuestras madres. Finalmente, comprendí que nuestro amor humano tiene un límite y necesitamos una fuente infinita.
El mundo necesita mucho amor, paciencia y compasión. Cuando amamos solo con nuestras fuerzas, nuestro amor es limitado y se agota. Pero Dios es amor, una fuente infinita según Gálatas 5:22-23. Necesitamos ir a Él en todo momento para acceder a su amor perfecto, tal como se describe en 1 Corintios 13.
Si me preguntaran hoy, «¿qué es el amor?», respondería que el amor es una decisión. Es la decisión de creer que, porque Dios me ama a mí, imperfecta como soy, puedo amar y recurrir a Él para acceder a su amor perfecto y compartirlo con los demás.
Esta es mi perspectiva cristiana del amor. ¿Y tú, qué responderías si te preguntaran qué es el amor?
Jesabel Rivera-Guerra y su esposo Eddie Guerra lideran el grupo en español «Aprendiendo a seguir a Jesús» como parte de la iglesia Riverside Community Church en Oakmont. Para obtener más información, visita la página https://riversideconnect.org.
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