Fiesta de la Tierra: un viaje por los Andes, gestado durante cuatro décadas

Dos agrupaciones, un mismo sueño y un reencuentro de 40 años en el New Hazlett Theater

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Cassandra Harris

Por una noche, en el New Hazlett Theater, Pittsburgh se convirtió en una parada más de la cordillera de los Andes. Fiesta de la Tierra reunió a dos agrupaciones separadas por miles de kilómetros y cuatro décadas de historia, y convirtió su reencuentro en una celebración para toda la comunidad.

Tierra Caliente, un grupo de música folclórica de Ibagué, Colombia, no se presentaba en público desde la década de los 80. Sus integrantes se conocieron en el colegio, donde desde muy jóvenes les enseñaron a cantar y a tocar guitarra, una tradición muy arraigada en su ciudad natal. El grupo nació de la amistad: dos parejas de hermanas y Carmen Alicia Martínez, quien años después se mudó a Estados Unidos y se estableció en Pittsburgh, lo que llevó a la separación de la banda.

El sueño de reencontrarse nunca desapareció.

“Por fin decidimos organizarlo”, dijo la directora musical Claudia Lucía Contreras. “Así que decidimos reactivar el grupo viniendo aquí, y probablemente sigamos cantando y tocando más”.

Un reencuentro gestado en dos meses

Para que el viaje fuera posible, las cinco integrantes de la banda en Colombia tuvieron que obtener antes las visas necesarias, un trámite nada sencillo. Una vez lo lograron, todo se organizó con rapidez: la presentación en el New Hazlett se concretó apenas dos meses antes de realizarse.

Traer a Tierra Caliente a Pittsburgh había sido, desde hacía años, el sueño de Martínez: unir en un mismo escenario a la banda con la que toca actualmente en Estados Unidos y a aquella con la que creció en Colombia.

Esa visión fue precisamente la que le dio nombre a la velada y definió a su acto de apertura: Musuhallpa, una agrupación andina radicada en Pittsburgh cuyo nombre significa “Tierra Nueva” en quechua. Canción tras canción, Musuhallpa guio al público a través de los Andes antes de que Tierra Caliente subiera al escenario.

“El programa tiene un nombre hermoso, ‘Fiesta de la Tierra’, porque reúne a grupos que representan diferentes tierras”, dijo el director musical de Musuhallpa, Agustín García, “como Argentina, Uruguay, Bolivia, Perú y México; y, sobre todo, presenta música de Colombia”.

García es también luthier, y varios de los instrumentos que se vieron esa noche en el escenario —incluida un instrumento acústico llamado harana— fueron fabricados por él mismo.

Raíces que se remontan a la infancia

Para Tierra Caliente, la noche estuvo cargada de nostalgia. Crecer en Ibagué, Colombia —conocida como la Capital Musical del país— no dejaba espacio para elegir si se cantaba o se tocaba guitarra: era, simplemente, parte de crecer.

“Cuando ya éramos mayores, todas sabíamos tocar y cantar”, dijo Contreras. “Nos reunimos porque éramos muy amigas —dos parejas de hermanas más una amiga, Carmen Alicia— para un evento concreto. Teníamos que cantar algunas canciones juntas en un teatro, y así fue como surgió el grupo poco a poco”.

Una conexión de la misma tierra

En una coincidencia que le dio otra capa de significado a la noche, Andrés Oliveras, presidente de Colombia en Pittsburgh y uno de los organizadores del evento, también creció en Ibagué. Él la describe, con razón, como la Capital Musical de Colombia.

Ver a la comunidad que el concierto logró reunir significó tanto para él como la música misma.

“No solo había latinos; también había ciudadanos estadounidenses”, dijo Oliveras. “Es fantástico reunirnos y conectarnos a través de este amor compartido por el arte y la cultura”.

Oliveras señaló que el evento surgió de una alianza entre Colombianos en Pittsburgh y el patrocinador Barry, de Chokas Motor, cuyo apoyo hizo posible organizar todo en tan solo dos meses.

Mucho más que un concierto

Para los músicos sobre el escenario, Fiesta de la Tierra fue la prueba de que ni el tiempo ni la distancia tienen por qué apagar una pasión compartida. Ya sea una amistad de toda la vida que se reencuentra después de 40 años, o una agrupación andina de Pittsburgh que recibe en su propio hogar musical a una banda colombiana, esa noche se convirtió en algo más grande que una presentación: un recordatorio de que la música puede llevar una cultura más allá de fronteras, generaciones y tiempo.

Como bien lo resumió Oliveras: “Qué rico poder integrarnos y confluir en este amor por el arte y por la cultura”.

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